domingo, 16 de diciembre de 2012

Dejar de despreciarnos


Hace unos días puse en Facebook la foto que acompaña este post. Un montón de personas me hicieron saber que el lugar les parecía bello. 
Y me costó entenderlo, porque es la calle que lleva a mi casa, retratada después de la lluvia. Para mí es una de las calles más comunes y poco agraciadas del planeta.
Otros, que la ven desde la distancia, no opinan lo mismo.
Y pensando en esa poca valoración que hacemos de nuestras cosas, volví sobre uno de mis tópicos favoritos...

Cuando escucho que Suipacha no crece por culpa de este o aquél político (casi siempre de "este", porque "aquél" pueden ser todos o ninguno) me queda la sensación de que una vez más estamos pateando la pelota afuera.

No estamos dispuestos a hacernos cargo de nuestra responsabilidad en lo que nos pasa.
No digo que no haya cosas para hacer desde lo político.
No digo que no haya un montón de cosas de las que tal vez nos estamos quedando afuera.
Pero sostengo que, igual estamos pateando la pelota afuera. Echarle la culpa a otro es la mejor manera de evitar que las cosas cambien. Si el responsable es él, yo no puedo hacer nada, y entonces no hago nada. Y entonces ninguno hace nada. Y así estamos.
Soñando con los cambios geniales que llegarían si pasa esto o aquello; si viene este o aquél...
Pero cuando soñamos con ese crecimiento del que tanto se habla, esperamos que llegue un mesías político o económico y nos traiga un gobierno sobrenatural que nos regale mucha plata a todos o una megaempresa que por algún motivo crea que este es el lugar más piola para establecerse.
Todo lindo. Muy lindo. Demasiado lindo. Tan lindo que nunca va a pasar, chicos..
Nunca.
Y no va a pasar porque para que otros nos quieran, tenemos que querernos a nosotros mismos.
Para que otros nos aprecien tenemos que dejar de despreciarnos.
Es una cuestión cultural: Tiene que ver con quiénes sentimos que somos. No lo que decimos de la boca para afuera. No hablo de lo políticamente correcto.
Hablo de lo que realmente sentimos.
Y sentimos que no estamos a la altura de Mercedes o Chivilcoy.
Los profesionales allá son mejores. Los artistas de allá cantan, actúan, escriben y dibujan mejor. Los locutores de allá hablan más lindo, y así...
Así pagamos fortunas por servicios similares o inferiores a los locales sólo porque los que los prestan vienen "de otro lado". Conozco gente de múltiples rubros que no cobran en sus ciudades ni siquiera una parte de lo que nos cobran a nosotros.
Vienen felices a facturarnos lo que en sus ciudades no les pagarían ni en broma.
Cómo no habrían de hacerlo, si nosotros les abonamos el plus por no ser de acá (y pensar que hay comunidades que hacen lo opuesto: Si vas a competir con el comercio local, tenés que pagar derecho de piso)
Lo que se produce acá no nos convence.
Creemos, muy en lo profundo y aunque no nos atrevamos a pronunciarlo, que para que esté bien hecho tiene que hacerlo otro.
Nos queremos poco. Nos valoramos menos.
Acudimos a nuestros vecinos cuando no nos queda otra. Los consideramos una opción más económica, un sucedáneo. No nos importa que en muchos rubros tengamos gente más capacitada que Chivilcoy o Mercedes; no podemos verlo porque nos sentimos inferiores. Si contratamos al "muchacho o la chica de acá al lado" lo hacemos regateando por los precios; les pagamos lo menos posible.
Total, es el flaco de acá a la vuelta; qué me puede cobrar...
Para que otros nos aprecien, tenemos que dejar de despreciarnos.
Si la cosecha vino buena y tenemos plata, llamamos a alguien de Mercedes o Chivilcoy.
Daría ejemplos, pero no creo que haga falta.
Digo... 
Hacemos esto y al mismo tiempo nos quejamos de todo lo que logran los pueblos vecinos mientras nosotros seguimos siempre igual.
¿No será que ellos crecen -entre otras cosas- porque se alimentan de nosotros?
Digo...
Por nuestro propio bien... Tenemos que dejar de despreciarnos.


MÁS DE "MIRÁ CÓMO SOMOS"

No hay comentarios:

Publicar un comentario